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Mis Propósitos de Año nuevo
Area: Chihuahua | Fecha: 2012-01-13| Por: Luis Villegas

 

Nací  en el mismo tun en que nuestro venerado k'inich Janaab' Pakal empezó la ampliación y la remodelación del templo donde, con el correr del tiempo, cavaría su tumba. Entonces, faltaban muchos soles para ese día aciago. Por la fecha de mi nacimiento el sacerdote me impuso el nombre de Páal K áaba; y “Doce Sílex” fui desde ese momento en atención al día exacto de mi venida al mundo. Años después mis padres decidieron llamarme “Nahil”, luego contaré los pormenores. 
 
 El nombre de mi padre fue “Chac Imix Che” y el de mi madre “K ay Nicté”. Fui el primer hijo de la pareja y nací casi un tun después de su kamnicté. 
 
Nací  en B aakal y todas mis alegrías y sinsabores hallan su origen aquí. Aquí empiezan y aquí terminan mi felicidad y mi angustia. Estoy unido a esta tierra como las flores a las plantas, como el día a la noche, como el recién nacido a la teta de su madre y nada puedo hacer para evitarlo. Mi destino se trazó en el cielo aún antes de mi nacimiento. Aquí vi mi primera luz, aquí crecí y aquí moriré esta noche o mañana o después de mañana. 
 
 Vivíamos conforme a la costumbre. La dote de Chac Imix Che fue abundante, pese a ello, decidió vivir con los padres de su esposa y trabajar para ellos. Habitábamos una amplia morada de muchos cuartos y numerosas alcobas; luego de todo el tiempo transcurrido me es difícil recordar cuántas; recuerdo el temascal y las horas plácidas perdidas en su sofocante y húmeda bóveda. Cada habitación era rectangular, estaba construida de juncos y barro enjalbegado de blanco, el techo de dos aguas era de palma con una estructura de madera en medio sosteniéndolo y una única abertura de acceso cubierta por una sonora cortina de cuentas. El conjunto había sido construido por un antepasado remoto y había sido ampliado conforme crecía el linaje; generación tras generación se agregaron nuevas habitaciones hasta alcanzar un rectángulo íntegro con un patio inmenso en medio, acondicionado a modo de huerto. 
 
Lik Beh, padre de la hermosa Canto de Flor, mi madre, regía los destinos del clan con sabiduría y mano firme. Había sido protagonista de primera fila de la historia de B aakal. Íntimo de la reina madre, Sak K uk, muchos soles atrás había conspirado junto con otros nobles para facilitar el ascenso al trono del k inich Janaab Pakal; finalmente, al sentir sus fuerzas menguar, con el consentimiento del monarca, se había retirado al campo, a una vida sosegada, rodeado de su creciente prole. Mi padre no disputó jamás dicha autoridad; él, quien mandó a veintenas de hombres en la guerra y había hecho correr la sangre de sus enemigos a raudales; él, a quien los anales llegaron a llamar “Aj Winik B aak”1 para después olvidarlo sin remedio. 
 
 Mi memoria flaquea y no recuerdo los nombres de todos mis parientes; había comerciantes, guerreros y administradores; entraban y salían de casa constantemente, algunos de ellos murieron muy jóvenes por eso ahora no recuerdo sus apelativos ni cuándo vivieron con nosotros ni cómo desaparecieron de nuestras vidas. Sólo perdura en mi memoria la imagen del hermano menor de mi madre, Lahun Chan. Un hombre taciturno de mirada hosca, enjuto y de rostro inexpresivo, salvo por un rictus de desdén que deformaba su boca de abultados labios. 
 
 Una noche lo miré a hurtadillas. No había una segunda intención de mi parte; apenas una apremiante necesidad de orinar; al salir de la choza lo vi de pie frente al pequeño altar de juncos. Se había traspasado con sus preciosas espinas de mantaraya los lóbulos de las orejas, la piel de los brazos y ahora intentaba lacerarse la de su xiibil. Con magnífico fervor recogía la sangre en un trozo de papel depositado en una escudilla y pronto lo quemaría. 
 
A la blanca luz de la luna contemplé con horror los contrahechos genitales; el u pool keep prácticamente irreconocible: rota su hendidura y la cabeza deforme. A esa edad, yo no entendía muy bien las razones de porque el xiibil podía erguirse o permanecer oculto retraído entre abundantes pliegues de pellejo; escapaba a mi entendimiento cualquier otra función distinta a la de hacer aguas. La masa informe de carne lastimada una y mil veces me repugnó a la vista y algo se agitó dentro de mí. 
 
Más tarde, al desposarme con Kantunil, recordé a Lahun Chan y comprendí en parte su mezquindad. Era imposible hacer algo más que mear con dificultad con aquella cosa desecha y rota. Al mirarme tendido junto a ella, después de calentar nuestros cuerpos, entendí mejor a Lahun Chan: Había vivido su vida igual a aquellos que hacen, o pretenden hacer, de su amargura una virtud. A toda costa intentan hacer partícipes de su infelicidad al resto de los mortales merced al precario subterfugio de una falsa piedad y a un cúmulo de reglas y prohibiciones absurdos. En su entrega a Hunab Kú no había júbilo ni alegría, sólo un padecimiento revestido de una devoción equívoca. 
 
Al correr de los años he entendido la pérdida irreparable de mi tío. Yo renunciaría, aún ahora, al privilegio de regresar de Xibalbá si pudiera compartir con Kantunil una sola de nuestras noches de entonces. Llevar su mano a mis labios u oler su cabello perfumado a jazmín o el hueco fragante de su cuello. Xibalbá carece de sentido para mí. Todo el sufrimiento reservado en el inframundo a quienes cruzan el río de sangre y el de pus es nada en comparación con estos años sin ella y sin nuestras dos hijas. 
 
Mi recuerdo más lejano corresponde a una mañana, faltaba mucho más de un tun para mi caputzihil, mi padre me invitó a acompañarlo a la milpa. A raíz de sus hazañas bélicas Chac Imix Che tenía derecho a vivir en las habitaciones de palacio, pertenecía por derecho propio a los almehen’ob; no obstante, una vergüenza secreta lo carcomía: Era un baldado; peor aún, Chac Imix Che era un sobreviviente. 
 
 Las mujeres embarazadas muertas en el primer parto -su propia abuela fue ejemplo de ello-, las personas ahogadas, las tocadas por el beso de los dioses: el hauay, las víctimas del sacrificio o los guerreros desaparecidos en combate, eran afortunados, todas ésas eran honrosas razones para morir. A mi padre lo humillaba su supervivencia. 
 
Los dioses, se lamentaría alguna vez en alta voz, lo habían olvidado. En su última batalla una maza le aplastó la rodilla izquierda y un mal golpe lo había dejado casi ciego; la pierna no le impedía guerrear, la falta de vista sí. 
 
Pomoná  es una minúscula ciudad situada entre B aakal y Yok ib; los dos reinos se la disputaban en forma periódica. Mi padre dirigía al ejército invasor del estrecho reino y lo que alguna vez debía ocurrir sucedió esa mañana. Uno de los guerreros de Pomoná sorprendió al legendario Aj Winik B aak por la espalda; antes de morir con el cráneo partido en dos, le asestó un mazazo en la rodilla y se la dejó inservible; poco después otro combatiente lo abatió de un golpe en la nuca. Al despertar bañado en sangre, según me contaría años más tarde, mi padre estaba solo; había sido abandonado en el campo de batalla dado por muerto, sin duda. Luego de muchas penalidades arribó a B'aakal y como era de prever lo acogió un frío recibimiento; era, ni más ni menos, un muerto que regresa de la tumba. Para nadie había regocijo en su retorno: Ni para su familia, ni para él, ni para el reino, ni para el ejército. Meses más tarde sorprendió un gesto de conmiseración entre sus antiguos compañeros de armas; a él, vencedor de veintenas de batallas, el escarnio secreto de sus otrora iguales le dolía más que una herida recibida en el costado o un tajo en el cuello. 
 
Licenciado sin honores por el k inich Janaab Pakal en persona, Chac Imix Che decidió retirarse a una choza ubicada en el caserío allende el centro de la urbe. Languidecía en la apatía de ese destierro autoimpuesto, según narraría después con los ojos llenos de ternura al contemplar a mi madre, hasta la llegada de esta niña-mujer a alegrar sus días y calentar sus noches. Mi padre vegetaba, adentrándose en los secretos del amor conyugal, hasta la mañana luminosa en que se acomidió a ayudar a uno de sus parientes políticos y encontró un auténtico placer en hacerse cargo de la milpa y el huerto del hogar. Un talento oculto hasta ese momento se puso de manifiesto. Bajo su cuidado las flores crecían espléndidas, los hierbajos parecían marchitarse ante su sola presencia y la abundancia de la cosecha levantada en su parcela era fabulosa. 
 
Alimentado hasta la saciedad desde su nacimiento, cuidado, mimado, atendido, adiestrado como uno de los mejores atletas del reino, Chac Imix Che con facilidad sacaba una cabeza de estatura a cualquiera de sus vecinos, todos ellos entecos, esmirriados y de baja estatura, su acondicionamiento físico dotaba a mi padre de especial vigor para hacerse cargo de las tareas agrícolas y aprovechó su ascendencia de todas las formas posibles. 
 
Luego vinimos nosotros, primero yo, después los witsin: Tres Viento, Seis Tierra y Ocho Maíz, dos niñas y un niño, respectivamente. Y empezó a criarnos de modo similar a sus plantas: Con amor y atenciones infinitos; y dejó de ser él, tal como había sido, para llegar a ser otro. Una especie de on, un fruto de carne suave y dulce por fuera, con un corazón duro y negro por dentro, invisible para los ojos humanos.
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Mexico News Networks, Año 6
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